miércoles 1 de febrero de 2012

LEYENDAS ARGENTINAS (TERCERA PARTE)

El Chajá



Leyenda Guaraní
El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión acompañaba al padre en sus tareas de jefe.
Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su destreza y la querían por su bondad. Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro, reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida, estaba incapacitado para hacerlo.
Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a la cintura.
Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en beneficio de la tribu.
Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le pertenecía.
Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las tareas de jefe.
La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia. Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la tarea, cuando oyeron gritos desgarradores. Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde. El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y ponerse a salvo. Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo sucedido.
Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas fueron las víctimas del sanguinario animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos.
Y decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes había producido.
Para conseguirlo, un grupo de valientes debía buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con ella.
El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta empresa, se presentaran ante él.
Grande fue la sorpresa del jefe cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U.
De los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años, Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran amigo. Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente Cacique, con peligro de su propia vida.
Desde entonces, nada había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará. Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo. Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento, partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en la tribu al siguiente día. Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar con la piel del feroz enemigo.
Pero las esperanzas se desvanecieron. Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó.
Había sido una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero esta vez nadie respondió... nadie se presentó ante el Cacique. Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.
Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con ademán enérgico, les dijo:
Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer tuvo más valor que vosotros, cobardes!
Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a cabo una empresa tan peligrosa.
- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una vez más que eres digna de tus antepasa¬dos. Mi orgullo de padre es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita. Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría gobernar.
Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la vida aquí será imposible.
Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las garras de la fiera.
Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu. ¡Permite que vaya, padre mío!
El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran justas y claras ¬ y no había otra manera de librarse de enemigo tan cruel.
Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje ese mismo día al atardecer.
Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban. Estaban a corta distancia de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza. Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría acompañarla para dar muerte al jaguar. Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos peligros.
Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por los ancianos del Consejo.
El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más hermosas.
- Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el presente que le tenía dedicado: una colección de las más vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de cisne, de garza y de flamenco. El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.
Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la decisión de su hija.
-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá, imposible de vencer.
Taca, por su parte, ha decidido ser ella quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.
-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen? ¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los reem¬place en sus obligaciones?. -Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su enviado. -Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel será una ofrenda más de mi amor hacia ti.
-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar, y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los súbditos del valiente Aguará.
-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te acompañaré.
¬ Ya debo partir, Ará-Ñaro; “yahá!”…, “yahá!”…(¡vamos!, ¡vamos!).
Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba. Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba:
- “yahá!”…, “yahá!”…
Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se iba acercando, cuando Ara¬Naró, haciendo a un lado a su novia y obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se dirigió, decidido, hacia la fiera.
Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente, pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje. Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan desigual, se estremeció.
Un zarpazo desgarró el cuello del valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera enfurecida y poderosa.
Taca dio un grito, y de un salto estuvo al lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su nueva atacante.
Pero fue en vano. En esa prueba de valientes, ninguno salió triunfante.  
Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.
Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la muerte de los jóvenes prometidos.
-El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su desventura, le quitó la vida.
Todos lloraron al anciano Aguará, que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera tantos beneficios.  
Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era costumbre, provisiones de comida y bebida.
En el momento de enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición gritando: -- “yahá!”…, “yahá!”…
Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá, volvían a la tribu de sus hermanos.
Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso cuando vieran acercarse algún peligro.
Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño, levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; "Yahá!..., " "Yahá!"...

lunes 16 de enero de 2012

LEYENDAS ARGENTINAS (Segunda Parte)

LEYENDA QUICHUA


Vocabulario

Sonko: Corazón

Huasca: Soga

Chirimoya: Fruto del chirimoyo, de sabor muy agradable

Algarroba: Fruto del algarrobo

Mazamorra: Comida hecha con maíz blanco muy cocido en agua

Patay: Pan de harina de algarroba negra

Lechiguana: Avispita que fabrica miel

Turay: Hermano

Puco: Escudilla

Cachu'y: "Haz harina"

Cacuy turay: "Muele harina, hermano"

Ojota: Plantilla de cuero que se asegura a los pies por medio de tiritas de cuero

Yacu: Agua

Yacu-Chiri: Agua fría.


EL CACUY

Sonko y Huasca eran hermanos. Habían quedado huérfanos hacía muchos años, y desde entonces vivían solos en la selva, habitando el rancho que fuera de sus padres.

Sonko era el menor. Alto, fornido y muy trabajador, poseía un corazón tierno, cuyo cariño se volcaba en su hermana, a quien quería como a la madre que perdiera siendo niño.

Pero Huasca no retribuía ese afecto. Por el contrario, siempre se mostraba agresiva con el buen hermano, disputaba con él, lo maltrataba y le hacía padecer en toda ocasión la perversidad que la dominaba.

A pesar de ello, Sonko seguía profesando un profundo cariño a esta hermana cruel.

Tanto la quería, que al ver los jugosos frutos maduros, sólo tenía un pensamiento: recogerlos para Huasca.

Así lo hizo ese día. De vuelta al rancho, cortó los más dulces y sabrosos, los depositó en un canastillo de fibras de yuchán, que él mismo fabricara, y feliz y contento con el tesoro obtenido, corrió hasta su choza a fin de entregarlos a la ingrata.

Mientras corría, pensaba:

"¡Qué contenta se pondrá Huasca! Ella habrá preparado la comida para mi almuerzo, pero yo, en cambio, le regalaré estas hermosas chirimoyas y estas sabrosas algarrobas. ¡Mi hermana es tan golosa! ¡Si su corazón fuera más dulce conmigo! Porque con los demás es muy buena... y es cariñosa... Sólo conmigo es brusca y es mala."

Se detuvo un momento, para comprobar que las frutas no sufrían con la carrera, y continuó sus reflexiones:

"¿Por qué Huasca se mostrará tan dura conmigo? Pero... ¡no importa! Yo conseguiré que me quiera. Con mi cariño lograré el de ella."

Ilusionado por su fe llegó a la choza. Al lado de ésta había un telar rústico, con una manta de vivos colores empezada. Ello le demostró que Huasca había estado trabajando.

Una canción muy suave le llegó desde el interior del rancho. Era su hermana que cantaba.

Alentado y gozoso, al pensar en el regalo que le traía, llamó con voz dulce:

-¡Huasca!... ¡Huasca!... ¡Hermanita!...

Una linda doncella de piel cobriza apareció en la puerta de la choza. La canción se había apagado en sus labios, y una mirada hosca, cargada de rencor, acompañó a sus palabras. Dirigiéndose a su hermano, le respondió en el más brusco de los tonos:

-¡Qué quieres!

Sonko sufrió un desencanto. Le pareció que su corazón se achicaba y le dolía al sentir el desprecio de la perversa doncella. Sin embargo resistió el dolor y nada dijo. Él se había prometido conquistar el afecto de su hermana y no abandonaría la empresa al primer contratiempo.

Con suave voz y tierna expresión, le dijo:

-Mira, golosa, mira lo que he traído para ti.

Al mismo tiempo abrió la cesta cargada de apetitosos frutos, y al verlos, la mala hermana sólo supo exclamar:

-¡Chirimoyas y algarrobas! ¡Cómo me gustan!

Sin una frase de agradecimiento al pobre muchacho, le arrebató la canastilla y entró en el rancho.

El hermano la siguió. No agregó una sola palabra y se sentó dispuesto a almorzar:

En una vasija de barro, la mazamorra se cocinaba al fuego.

Tomó un "puco", y ya iba a llenarlo con el sabroso alimento, cuando su hermana lo detuvo dándole un manotón, al tiempo que le gritaba airada:

-¡Deja eso! ¿O crees que yo cocino para ti? ¡Poca comodidad sería! ¡Pasar la mañana fuera y volver cuando ya está todo hecho! ¡Cuando no hay más que estirar la mano para servirse!

Y, dominante, agregó:

-¡Retírate turay! ¡Cacuy turay!

Pero... Huasca... Yo también he trabajado. He estado recogiendo miel de lechiguana y labrando la tierra pra sembrar... Y ¿quien si no yo cuida nuestra majadita de cabras?

Con el tono más humilde continuó:

-Anda, sé razonable... Sírveme un poco de mazamorra y dame un trozo de patay...

-¡Ya he dicho que no! Si quieres comer, tú te lo has de preparar. ¡Esto es mío! ¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!

-Dame entonces unas chirimoyas de las que traje... -imploró el muchacho.

-Ni una. Para mí dijiste que eran y yo las comeré -terminó inflexible Huasca.

Triste la miró Sonko. Sus ojos brillaron colmados de lágrimas; pero nada respondió.

Cabizbajo salió del rancho. ¿Cómo era posible que su hermana le negara una porción de mazamorra o un trozo de patay cuando él trataba siempre de complacerla? ¿Por qué sería así su hermana? ¿Qué podría hacer él para corregirla?

Sus esperanzas de dulcificar el corazón de la perversa iban perdiendo fuerza. Se sentía incapaz de continuar. Sin embargo, haría una última tentativa.

Ese día lo pasó vagando por el bosque y alimentándose con frutas silvestres.

Entrada la noche, volvió al rancho y se acostó. Una idea fija le impedía conciliar el sueño: cómo lograr el afecto de su hermana.

Por fin, el cansancio lo venció y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, muy temprano, volvió a salir de la choza.

Llevaba la intención de conseguir, para su hermana, algo extraordinario, algo que le agradara mucho...

Sonko pensaba:

"Tal vez así, con una dedicación y un deseo de complacerla cada vez mayores, llegará un día en que Huasca corresponderá a este hondo cariño que por ella siento. ¡Qué felices seremos entonces!"

Levantó sus ojos al cielo y, como si hablara con alguien, continuó:

"Viviremos unidos por un afecto profundo y nuestros padres nos bendecirán desde la estrella donde están ahora..."

A su paso, un ave asustada levantó el vuelo. Tan preocupado iba, que apenas prestó atención a este hecho. Tampoco oía el coro de los pájaros que a esa hora era una gloria.

Persistía en su mente la misma idea: merecer el cariño de su hermana.

De pronto, un fruto hermoso llamó su atención. Su color, su brillo y su tamaño lo hacían resaltar entre todos los otros.

¡Ése sería el regalo para su hermana!

Pero, ¡qué alto estaba! Le costaría alcanzarlo... Mas, ¿qué importaban las dificultades cuando el premio iba a ser tan maravilloso?

Y ya no pensó más. Aunque los riesgos eran muchos, lo alcanzaría.

Con la agilidad de un muchacho acostumbrado a trepar árboles y a escalar montañas, Sonko apoyó en una rama baja sus pies calzados con ojotas, y ayudándose con manos, brazos y piernas fue subiendo... subiendo...

Las espinas y las ramas secas arañaban su piel y desgarraban sus ropas. Pero nada importaba. Lo esencial era llegar hasta el hermoso fruto que se ofrecía allá en lo alto.

Continuaba entusiasmado la ascención, cuando lanzó un grito. Una enorme espina se había clavado en su carne. El dolor que le producía era tan intenso que no le permitía sostenerse con la mano herida.

Trato de arrancarse la espina, pero fue en vano. La mano comenzó a hincharse y a tomar un feo color morado.

Debía darse por vencido y abandonar la empresa. Resuelto ya, comenzó a descender.

Una vez en tierra, observó la herida con detención. En un último esfuerzo, arrancó la espina, y la sangre brotó de la lastimadura. Se sintió desfallecer. Su cabeza ardía y tenía la garganta seca.

Con las fuerzas y la desesperación que le prestaba su estado, corrió a la casa. Su hermana sabía preparar un bálsamo con las hojas y las flores del molle... Ella lo curaría y le daría de beber...

Ya le faltaba poco... Un último esfuerzo y llegaría a su rancho.

De lejos divisó a Huasca trabajando en el telar. Cuando estuvo delante, le suplicó:

-¡Huasca, por favor! Quise traerte un fruto hermoso que vi en el bosque, y cuando ya creía alcanzarlo, una espina que se clavó en mi mano me impidió lograr mi deseo. Huasca, hermanita, ¡sufro mucho y tengo sed! ¡Alcánzame un poco de agua!

La hermana se levantó de inmediato. Lo tomó de un brazo y lo ayudó a sentarse.

-¡Oh!. turay... ¡Cómo tienes la mano! Yo te la curaré y traeré agua y miel para apagar tu sed.

Así diciendo, corrió al interior del rancho, y llevando en sus manos un cántaro de barro, fue a una vertiente cercana para llenarlo con agua fresca.

Sonko creía soñar. Mentira le parecía la dedicación de la hermana. Llegaó a bendecir la espina que, al herirlo, le había permitido gozar del cariño y de los cuidados de su querida Huasca.

Corriendo volvió la doncella. Con la carrera el agua que llenaba el cántaro saltaba y caía al suelo salpicando sus piernas desnudas.

Entró al rancho para buscar un "puco" con miel. Con ambas manos ocupadas se presentó ante Sonko.

La ansiedad y el reconocimiento se pintaron en el rostro del hermano. Un dulce bienestar lo invadió al oír que Huasca le decía con dulzura:

-¡Pobre turay! Hermanito..., ¿sufres? ¿Tienes sed? Aquí hay yacu-chiri y miel en abundancia, ¿las ves?

Hizo una pausa, y cambiando de expresión y con la voz ruda de otras veces, agregó:

-¡Pero no son para ti! ¡Prefiero dárselos a la tierra!

Y al tiempo que, ante los ojos azorados del muchacho, volcaba el contenido de las dos vasijas, lanzando una carcajada estridente y burlona, continuó:

-¡Anda tú!... ¡Anda a la vertiente, que allí el agua sobra!... ¡Allí podrás tomar toda la que quieras!

Esto bastó para que el cariño que sentía el muchacho se trocara en un odio intenso contra la perversa hermana.

Un sentimiento de venganza nació en él, tan profundo y persistente, que ya no lo abandonó.

Arrastrándose casi, llegó a la vertiente. Se hechó en el suelo y con avidez bebió el líquido fresco.

Sumergió en el agua la mano herida y se sintió mejor. Un suave sopor lo invadió y a la sombra de un árbol corpulento se quedó dormido.

Cuando despertó, el sol se escondía tras los cerros vecinos. Se levantó y caminó unos pasos. El dolor de la herida persistía.

Decidió ver a la curandera para pedirle algo que aliviara su mal. Y echó a andar en dirección a lo de la "médica".

El canto de los pájaros no se oía ya. Los rumores de la selva se habían apagado. Una estrella lejana brilló en el cielo. La media luz del crepúsculo, con reflejos rojos de incendio, iluminaba la paz de la tierra.

Sólo en el alma del pobre turay rugía, como una tormenta, la venganza.

Con conocimientos de hierbas y emplastos, el muchacho curó. A los pocos días estuvo completamente bien.

¡Cómo había cambiado Sonko! La mirada, antes tierna, era ahora hosca y dura. Su voz había perdido la dulzura de otros días.

Callado y taciturno, continuaba preparando sus planes.

Un día, de vuelta del valle, a donde llevara la majadita de cabras, se dirigió muy resuelto al rancho. Iba a poner en práctica su idea de venganza.

Fingiendo sentimientos que ya no sentía, y con la misma voz de pasados días, llamó a su hermana:

-¡Huasca!... ¡Hermanita! He encontrado para ti algo que te va a dar un gran placer, golosa.

-¿Qué es, turay?

-Una colmena. Si te animas y me acompañas, toda la miel será para ti. La recogeremos y en varias vasijas la traeremos a casa. ¿Me acompañas?

-¡Sí! ¿Sí! En seguida. Ya lo creo que te acompañaré a buscar miel. ¡Si se me hace agua la boca!

-No olvides de llevar un poncho para envolverte la cabeza. Ya sabes que las abejas no abandonan de buen grado la colmena y te picarían sin piedad.

Muy preparados se fueron los dos hermanos. Caminaron entre plantas hermosas de grandes hojas y perfumadas flores. Los piquillines y los mistoles les ofrecían sus frutos dulces. La puya-puya les brindaba sus flores blancas y fragantes. La exuberante vegetación de la selva era allí un maravilloso espectáculo.

Al llegar a un claro del bosque, el hermano se detuvo.

-Aquí es -le dijo-. Envuélvete la cabeza con el poncho, defendiendo tu cara de las picaduras de las abejas. ¿Ves ese árbol tan alto? En la cima está la colmena. ¿Te animas a subir?

-Ya lo creo. Tú me guiarás, pues yo no veré muy bien con mis ojos cubiertos con el poncho.

-No tengas cuidado. Yo te conduciré -la conformó su hermano.

Con mucho trabajo fueron subiendo al árbol que era el de mayor tamaño del lugar.

Una vez que hubo instalado a la hermana, sentada en una horqueta, en lo más alto de la copa, Sonko, fingiendo acercarse a la colmena, sacó de su cintura un hacha y comenzó a descender cortando las ramas que abandonaba.

Así dejó el tronco liso y sin puntos de apoyo para que no pudiera bajar la infeliz Huasca.

Ella, confiada y ajena a lo que sucedía, esperaba que su hermano le indicara la tarea a cumplir.

Cuando Sonko llegó a tierra, se alejó del lugar dejando abandonada y sin defensa a la ingrata hermana.

Pasados algunos instantes, y en vista de que no oía al muchacho, Huasca empezó a temer.

Apartó el poncho de su vista, y lo que vio le hizo temer algo desagradable. Anochecía y su hermano había desaparecido. Lo llamó, primero tranquila, pero al no obtener respuesta, el miedo la dominó.

Con tono quejumbroso y desesperado, que era un lamento, gritó:

-¡Turay! ¡Turay!

Pero el hermano no apareció. Con gran sorpresa de su parte, sintió que sus miembros se endurecían, que toda ella cambiaba de forma y su cuerpo se cubría de plumas. En pocos instantes quedó convertida en un ave cuyo grito lastimero se oía en la quietud de la hora.

-¡Turay! ¡Turay!

Y como recordando la orden que le daba de continuo, repetía:

-¡Cacuy turay! ¡Cacuy turay!

Desde entonces, este llamado, que es un doloroso recuerdo, un verdadero lamento, y que tal vez sea un grito de arrepentimiento, se oye al anochecer, cuando el cacuy se acuerda que fue una hermana cruel y perversa.

Así llama al hermano para pedirle perdón:

¡Turay!... ¡Turay!

Y vuelve a repetir como en otros días:

-¡Cacuy turay!... ¡Cacuy Turay!...

Los que, al anochecer, oyen el grito de esta ave, se estremecen, pues creen escuchar el grito lastimero de una persona. Tal vez es su parecido con el gemido humano.

Referencias

El cacuy es un ave nocturna. Duerme durante el día escondida en algún árbol y aparece cuando el sol se esconde.

Tiene un aspecto desagradable. Su cuello, grueso y corto, sostiene una cabeza chata, en la que se destacan los ojos muy grandes y una boca enorme.

Para posarse busca el extremo de las ramas secas. El color de la corteza es como el del plumaje, pardo con mezcla de negro. Estirada sobre ellas, parece una continuación de la misma rama. En esa forma trata de pasar inadvertida y fuera de la vista de los cazadores.

Hace el nido en los huecos de los árboles con pequeñas ramas y recubre la parte interior con cerdas.

Su canto es un grito quejumbroso y muy fuerte que se oye a gran distancia. Muchos lo confunden con el lamento de un ser humano.

Esta forma de gritar: "¡ca... cuy! ¡ca... cuy!" ha originado el nombre con que la designan los pueblos de habla quichua. Los guaraníes le llaman urutaú.

En la Argentina habita las zonas Norte y Nordeste.

En Tucumán y Santiago del Estero se supone que su grito augura cambio de tiempo.

En Catamarca se tiene la creencia de que, al gritar, anuncia la proximidad de alguna colmena.

Es un ave mágica, se lo llamó antiguamente Kakó Kokó y luego Kakuy por deformación. En Tucumán entre los Lules: Tarpuí - llox; en el Litoral: Urutaú - gueimiene; entre los Jíbaros: Aohó, y en las tribus Guaicurúes: Nabopena - ga-naga. Sus distintas formas de pronunciación se deben a las diferentes lenguas aborígenes.

Su nombre científico es " Nyctibius Griseus Cornutus ".

lunes 2 de enero de 2012

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domingo 1 de enero de 2012

LEYENDAS ARGENTINAS (Primera parte)

Kóoch, el creador de la Patagonia
(Leyenda Tehuelche)


Según dicen los tehuelches, hace muchisimo tiempo no había tierra, ni mar, ni sol... solamente existía la densa y húmeda oscuridad de las tinieblas, y en medio de ella vivia eterno, Kooch. Nadie sabe por que, un día Kooch que siempre se habia bastado a sí mismo, se sintió muy solo y se puso a llorar. Lloró tantas lágrimas durante tanto tiempo que contarlas sería imposible.Y con su llanto se formó el mar, el inmenso océano donde la vista se pierde. Cuando Kooch se dió cuenta de que el agua crecía y que estaba a punto de cubrirlo todo, dejó de llorar y suspiró. Y de ese suspiro tan hondo fue el primer viento, que empezó a soplar constantemente, abriéndose paso entre la niebla y agitando el mar. Algunos dicen que fue así , por los empujones del viento, que la niebla se disipó y apareció la luz, pero otros opinan que fue Kooch el inventor de la claridad . Cuentan que en medio del agua y envuelto en la oscuridad, deseó contemplar el extraño mundo que lo rodeaba. Se alejó un poco a través del negro espacio y, como no podia ver con nitidez, levantó el brazo y con su gesto, hizo un enorme tajo en las tinieblas dicen tambien, que el giro de su mano originó una chispa, y que esa chispa se convirtió en el sol. Xaleshén, como llaman los tehuelches al gran astro, se levantó sobre el mar e iluminó ese paisaje magnífico: la inmensa superficie ondulada por el viento, cuyo soplo retorcía cada ola hasta verla deshacerce bajo su tocado de espuma. El sol formó las nubes que de allí en mas se pusieron a vagar, incansables, por el cielo, matizando el agua con su sombra, pintándola con grandes manchones oscuros. Y el viento las empujaba a su gusto, a veces suavemente, y a veces de forma tan violenta que las hacía chocar entre sí. Entonces las nubes se quejaban con truenos retumbantes y amenazaban con el brillo castigador de los relámpagos. Luego Kóoch se dedicó a su obra maestra. Primero hizo surgir del agua una isla muy grande, después puso allí los animales, los pájaros, los insectos y los peces. Y el viento, el sol, y las nubes encontraron tan hermosa la obra de Kóoch que se pusieron de acuerdo para hacerla perdurar: el sol iluminaba y calentaba la tierra, las nubes dejaban caer la lluvia bienhechora, el viento se moderaba para dejar crecer los pastos... la vida era dulce en la pacífica isla de Kóoch. Entonces, el creador, satisfecho, se alejó cruzando el mar. A su paso hizo surgir otra isla cercana y se marchó rumbo al horizonte, de donde nunca mas volvió.Y así hubieran seguido las cosas en la isla de no ser por el nacimiento de los gigantes, los hijos de Tons, la oscuridad. Un día, uno de ellos, llamado Nóshtex, raptó a la nube Teo y la encerró en su caberna. Sus hermanas buscaron a la desaparecida a lo largo y a lo ancho del cielo, pero nadie la había visto. Entonces, furiosas, provocaron una gran tormenta. El agua corrió sin parar desde lo alto de las montañas, arrastrando las rocas, inundando las cuevas de los animalitos, destruyendo los nidos, arrastrando la tierra en una inmensa protesta... Después de tres dias y tres noches, Xáleshen quiso saber el motivo de tanto enojo y aparecío entre las nubes. Enterado de lo sucedido, esa tarde, al retirarse detras de la línea donde se junta el cielo con el mar, le contó a Kóoch las novedades, y Kóoch contestó: Te prometo que, quienquiera que haya raptado a Teo será castigado. Si ella espera un hijo, ése será mas poderoso que su padre. A la mañana siguiente, apenas asomado, el sol comunicó la profecía a las nubes agolpadas en el horizonte y éstas, enseguida, se la contaron a Xóchem, el viento, que corrió a la isla y difundió la noticia aquí y allá, anunciándola a quien quisiera oirla. Y el chingolo se lo contó al guanaco, el guanaco al ñandú, el ñandú al zorrino, el zorrino a la liebre, al armadillo, al puma... Despues, Xóchem sopló el mensaje a la puerta de las cabernas de los gigantes, para que no quedara nadie sin enterarse. Así enscuchó Nóshtex las palabras de Kóoch, y tuvo miedo de su pequeño enemigo, que ya vivía en el vientre de Teo. "Voy a matarlos", pensó,"voy a matarlos y a comérmelos a los dos". Golpeó salvajemente a Teo mientra dormía, arrancó al niño de sus entrañas y, sin mirar a su hijo abandonado en el suelo de la caberna, la despedazó. Pero alguien más, adentro de la cueva había escuchado a Xóchem. Era Terr- Werr, una Tuco-Tuco que vivía en su casa subterránea excavada en el fondo de la gruta, dicen que fue ella la que salvó al bebé, la que sigilosamente, en el mismo momento en que el monstruo levantaba a su hijo para devorarlo, le mordió el dedo del pie con todas sus fuerzas , la que escondió al niño debajo de la tierra antes que el gigante pudiera reaccionar... Sin embargo el refugio era demasiado precario. Nóshtex cruzaba la caberna haciéndola temblar con sus pasos de gigante, recorría la isla buscando al cachorito que apenas había visto, a ese hijo que en cuanto creciera iba a traicionarlo. Entónces Terr-Werr pidió ayuda al resto de los animales ¿donde esconder al bebé? ¿ como ponerlo a salvo del gigante? Cuentan que todos los animales hicieron una asamblea para discutir el asunto. Que Kíus, el chorlo, era el único conocedor de la otra tierra que, mas allá del mar había creado Kóoch antes de recluirse en el horizonte, y que propuso enviar allí al niñito. Así comenzaron los preparativos para la fuga secreta. Una madrugada, cuando el hijo, de Toe y el gigante estuvo listo para partir, Terr-Werr lo llevó a las inmediaciones de una laguna, y lo escondió entre los juncos. Desde allí llamó a Kiken, el chingolo, para que a su vez transmitiera el mensaje: todos los animales fueron convocados para escoltar al niño. Algunos, como el puma, se negaron, otros, como el ñandú y el flamenco, llegaron demasiado tarde . El zorrino iba tan contento al encuentro de la criatura que, al ser interceptado por el gigante, no supo guardar el secreto. Así enterado, Nóshex se dirigió a grandes pasos a la laguna , pero no llegó a tiempo para ver como el cisne se acercó al niño nadando magestuosamente y lo colocó sobre su lomo, ni como carreteó luego para levantar vuelo. Solo alcanzó a distinguir en el cielo, un pájaro blanco que, con su largo cuello estirado y las alas desplegadas, volaba decididamente hacia el oeste. Así, en su colchoncito de plumas, se alejaba el protegido de Kóoch hacia la tierra salvadora de la patagonia.

Nota: Kóoch, el creador de la Patagonia, se vé directamente ligado a la segunda parte de la leyenda; "Los inventos de Elal" ya que es él el héroe creador de los Tehuelches.

viernes 16 de diciembre de 2011

DOS GRANDES AUTORES, CANTANTES Y POETAS

PEDRO AZNAR: ¿NO ES UNA PENA?




No te pone triste,

no te da dolor?

La crueldad de unos con otros,

la sombra del rencor?



Como a veces, sin pensar,

tomamos el amor

y no lo retribuimos

No te pone triste?



Las cosas llevan tiempo

No es fácil de explicar

Cuando tan poca gente

Ve al otro como igual



Y sus lágrimas sin fin

quizás ya no les dejen ver

lo bello que es el mundo

No te pone triste?



Es tan triste, es tan triste, triste

No estés triste, no estés triste, triste


SERRAT Y UN CLÁSICO
CANTADA EN PORTUGUÉS



viernes 2 de diciembre de 2011

UN POEMA IGUAL A TODOS.


Como decir

que te amo?

si cada palabra

no cabe

en este corazon.



Voy pariendo

y matando poemas.



Y aun sigo siendo cursi

en esta prosa,

tratando de expresarte

el sentimiento

que me inunda.



Agotando en cada letra,

cada estrella

que se atreve

a brillar en mis ojos.



Pero igual,

obstinadamente,

fuerzo la tinta

a escribir tu nombre.


¡Uniendo esencias!


AUTOR:MARTIN REY.



TEORIAS.




La gravedad aumentaba,

el Tiempo se detenia

y se aceleraba,

el espacio

se achicaba

y el universo

se expandia.



Neuton dijo:

"El campo

magnético de la Tierra

se esta debilitando".



Einstein dijo:

"la singularidad cuantica

del tiempo-espacio

esta en peligro de colapso".



Pero un poeta dijo:

"la gravedad aumenta,

por cada segundo,

sin tus ojos.



El tiempo se detiene

al desearte a mi lado,

mi corazon se achica

si no compartes

mi cielo.



Y mi universo

se expande

por tu boca

en mi beso".

AUTOR:MARTIN REY.



EXTRAÑARTE.




Veo hormigas,

en la faz

del universo,

camino sinuoso

de un vivir sin vos.



Me trago

al cielo

con esa bocanada

que celebra

un segundo mas

de esta vida,

que te espera.



Y esquivo

a mi mente.



Nombrando al Tiempo.



AUTOR:MARTIN REY.

martes 15 de noviembre de 2011

ARCO IRIS


Entierro el alma
en el sonido
de tu nombre.

El cielo,
se desnuda
de sentidos,
con tu mirada
de lluvia;
en el silencio.

Pero rescato
tu esencia
que se eterniza.

Habitando en tus ojos.


AUTOR: MARTÍN REY.

ESPERARTE

Y si bajás del cielo y hablamos,
hablamos del cielo
que habita en tu sonrisa,
 del sol que se esconde
en tu mirada.


Si bajas, por favor,
traéme el corazón
que dejé olvidado
en tus manos
tan llenas de mí.

AUTOR: MARTÍN REY.

martes 1 de noviembre de 2011

SUS OJOS.


NUEVO DESPERTAR

Cuando la Vida
arrastraba mi alma
al desdén del cielo
sin estrellas.

Y el infierno del Tiempo
tragaba mis horas
pribándome de amore
de soles cercanos.

Tu luz dió sentido
al Ser,
que respiro
al latir de tu voz
acariciando sentidos.

Donde mi amor se fusionó
con tu cielo.

Callando al silencio.


AUTOR: MARTÍN REY.

domingo 16 de octubre de 2011

VENDO ENCUADERNADORA TÉRMICA SIN USAR...NUEVA!!!!!

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miércoles 2 de febrero de 2011

EL INICIO DE UN CAMINO POR LA SENDA DE LAS LETRAS


Editorial "PRODUCCIONE DEL REY" tiene el honor de editar "La Naturaleza De Los Latidos" del escritor Julián Marcel, un prometedor poeta que con su arte sabe desentrañar las maravillas ocultas del Ser Humano y sus sentires del alma y el corazón.
Aqui un resumen de sus escritos:


No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11723 y 25446


La Naturaleza de los Latidos

1.

Late.
Late la primera arena
en su octava fracción.

La sangre amante da lugar
al corazón del río
y el corazón late.

Late la tierra.
Late la vida.
Late el río.

Late su primera sombra
que en la séptima noche agostina
teje unos versos

***
2.

En el latido está viva la tierra.

La tierra nace conmigo
porque yo soy la tierra;
soy cada uno de sus granos
de amor y aire
en tanto el fuego
arroje
su primera brasa de vino a la nada
y arda
como un llanto
en el vientre del bosque.

Yo soy la tierra,
inerme,
cíclica,
entera,
como el seno,
como la pureza.

Yo soy la vida,
y vos también lo sos.
Yo soy la muerte,
y vos también lo sos.
Yo soy el grano de arena,
y vos también lo sos.

Entre ambos, seamos
la fruta del árbol
desde la semilla.
Y nadie más.

***

7.

Las sonrisas estaban teñidas,
no había sonrisas.
Apenas burla por
toda dirección.
Y si no comía el barro de su ofrenda
el rebencazo era raíz.
Aprendé,
pero no aprendía,
ni reaccionaba.

Desde ahí vengo,
bebiendo de los clavos oxidados de una tumba.

En sus primeros vientos
mi voz oculta no disimulaba su auxilio,
sin abrazos
ni falsos consejos.

Siempre tomé por el camino equivocado
pero ese camino lo elegía yo,
el camino que debo corregir,
el aferrado a mis huellas,
a mis zapatos.

Surcir la tierra, el fango adherido a ellos,
y luego seguir.



***

14.

¿Qué era antes
de vos
sino un residuo incompleto,
una bolsa vacía,
un pan duro y verde?
No era
la suma de todos los versos
y de las líneas que escribí.
¿Qué era antes
de vos
sino vagas influencias
de cloacas rotas
o un secreto de acné?
Estaba triste y no lo sabía.
Estaba solo y no lo sabía.

¿Y qué soy ahora
después de conocerte?
Soy otro,
los granos no están,
y tu gesto
ilumina los periódicos,
acarician el aire
y sin querer creas un
arpa eólica.

¿Qué soy ahora
después de conocerte?
Esclavo de amistad,
que prefiere este encierro
a esa vieja libertad de cartón
que era
antes de mirarte.