lunes, 26 de abril de 2010

POEMAS REFLEX- IVOS.

HOJAS SECAS.
Dos otoños
de invierno
en tu suspiro
de sol.

Planean
como buitres
sobre mi tiempo.

Y aunque
te quiero libre,
eternizo
tu imagen
sobre mi Karma.

Martín Rey.
BURLA
Este cielo
que hoy
te alberga.
Se rie
en mi cara
con la soledad.
Y viajo
sobre quimeras
que me besan
la mano,
helándola
de tiempos
calcinantes
sobre mi sombra.
Martín Rey.

sábado, 3 de abril de 2010

PARTICIPANTES DEL CERTÁMEN DE POESÍA Y CUENTO BREVE. Parte IIIº

Eternidad

En forma de paloma

inicia su vuelo;

le cuesta alejarse.

Pliega sus alas,

se posa en el alero.

queda… como perdida…

lo q deja es mucho,

elegir no puede.

Aún, adolescente

se cumplió,

de la vida, su tiempo.

Levanta vuelo

lenta, resignada

se aleja.

Un haz de luz intenso

la ilumina

traslúcida, el alma

de aquel ángel

se funde, en lo eterno.

Ailimé

Tardes de sábado

Alumbra el lugar el sol de la tarde que, a pleno entra por la ventana.

Los leños, alargan sus lenguas que bailan el ritmo excitante del fuego.

Ese ruido tan especial, el chisporroteo, hace que se dispersen pequeñas estrellas rojas que titilan por

instantes en el fondo negro de la vieja chimenea.

En el sillón, mis padres y dispersos en la antigua alfombra, mis hermanos y yo junto al perro que

dormita; y aún mas cerca del hogar; el abuelo se acomoda en si sillón hamaca.

Como todos los sábados de invierno nos relata viejas historias, que escuchamos con intriga y placer.

Nos hace viajar por países exóticos y extraños, por bosques misteriosos, por cantarinos riachuelos que

serpentean entre riscos y montañas.

Hoy navegamos con las velas hinchadas por el viento, en un barco pirata.

Después de mucho andar por aguas desconocidas, al fin se divisa la isla buscada, que unas enormes

rocas parecen ocultar.

Desembarcamos y con gran ansiedad buscamos la codiciada cueva.

Encontramos antorchas para poder recorrer los oscuros pasadizos, que se separan y unen en recodos

secretos.

Por fin, algo nos hace parar la búsqueda; un haz de luz, señala un hueco tapado con maderas y grandes

piedras.

Con mucho esfuerzo las retiramos, las maderas caen al vacío; con sogas nos deslizamos para llegar al

fondo y ahí, aun costado ¡El Cofre! Su madera carcomida por la humedad y el tiempo. La cerradura

endurecida y mohosa cuesta abrirla.

Por fin, lo logramos y al abrir la tapa deja ver en su interior; toda la riqueza que nos aviamos

imaginado y aún más.

Reímos bailando; tirando al aire monedas de oro y plata.

En ese momento todos desconfiábamos de todos y antes de zarpar, la codicia juega la carta d la muerte;

alguno de ellos quedan allí, inertes, la mirada fija y sin vida dirigida al techo de la cueva.

No nos importa nada; los que quedamos corremos llevando todo al barco.

Ya en alta mar, reina aún más la desconfianza, recelamos, nos vigilamos unos a otros; de pronto un

golpe de viento y las velas caen; al barco lo tumba el huracán que se desata con furor.

Todo lentamente se sumerge en el fondo oscuro del mar: hombres, riquezas, codicia, maldad.

Solo algunos maderos rotos flotan a la deriva.

Una mano, sacude mi hombro y la vos de mi hijo me despierta.

Las últimas luces de la tarde se sumergen en la oscuridad de la noche.

El cuarto en penumbras; el fuego apagado.

¡Ya se siente frío! Solo el quejido del viejo sillón que aún se hamaca, como si realmente allí hubiera

estado el abuelo.

Ailimé